Los #derechossagrados de esta tierra

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Niños cubanos juegan en la Plaza de la Revolución en La Habana, Cuba.

Por: Oscar Sánchez Serra

A solo 41 días de que los pueblos se decidieran a “…promover el progreso social y a elevar el nivel de vida dentro de un concepto más amplio de la libertad, y con tales finalidades a practicar la tolerancia y a convivir en paz co­mo buenos vecinos, a unir nuestras fuerzas para el mantenimiento de la paz y la seguridad internacionales…”, como reza en el preámbulo de la Carta de San Francisco, de donde emergió el 26 de junio de 1945 la Organización de Naciones Unidas, el mundo se llenó de muerte.

El 6 y el 9 de agosto de ese mismo año, en Hiroshima primero y en Nagasaki después, cientos de miles de personas se volvieron polvo bajo la me­tralla del primer y hasta ahora único ataque nuclear que conoce la humanidad.

Tras aquel enlutado agosto, tres años más tarde, el 10 de diciembre de 1948, nació la De­claración Universal de los Derechos Huma­nos, en cuyo primer artículo se lee: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”.

Sin embargo, luego de aquel anuncio de 30 artículos, América Latina conoció crueles dictaduras militares; el pueblo palestino ha si­do masacrado desde 1967; el África negra soportó el inhumano y oprobioso régimen del Apar­theid; las guerras yugoslavas se convirtieron en los conflictos más sangrientos en suelo europeo desde el fin de la Segunda Guerra Mundial; en el Medio Oriente fueron atizados los conflictos étnicos y mons­truosos bombardeos han aniquilado a hombres, mujeres y niños, además de un va­lioso pa­trimonio cultural. Hoy se militariza el ciberespacio y se emplean de manera encubierta e ilegal las tecnologías de la información y las co­mu­nicaciones para agredir a los Es­tados, llevando al planeta a una situación de ciber­guerra.

Convencionales o no, esas agresiones se han perpetrado en nombre de los derechos hu­manos, manipulando abiertamente su esen­cia, utilizando sus postulados de manera se­lectiva para imponer decisiones políticas. Tales formas de actuar han enseñoreado sobre la Tierra a la pobreza, causante de que todo el articulado del 10 de diciembre de hace 67 años, sea todavía hoy un sueño irrealizable, pues se le ha negado a la humanidad el derecho a vivir en paz y a desarrollarse.

El pasado mes de septiembre, en ocasión del aniversario 70 de la ONU, el General de Ejército Raúl Castro Ruz, al intervenir en la sede de Na­ciones Unidas, expresaba: “El compromiso asumido en 1945 de “promover el progreso social y elevar el nivel de vida” de los pueblos y su desarrollo económico y so­cial, sigue siendo una quimera, cuando 795 mi­llones de personas sufren hambre, 781 mi­llones de adultos son analfabetos y 17 000 ni­ños mueren cada día de enfermedades curables, mientras que los gastos militares anuales en todo el mundo ascienden a más de 1,7 mi­llones de millones de dólares. Con solo una fracción de ese monto podrían solucionarse los problemas más acuciantes que azotan a la humanidad”.

Sobre Cuba, desde hace más de 50 años persiste una de las más flagrantes violaciones de esos derechos. El bloqueo económico, co­mer­cial y financiero de los Estados Unidos contra es­te pe­queño país, califica como un acto de genocidio al negar acceso a medicinas, alimentos, tecnologías. Incluso hoy, cuando se han establecido relaciones diplomáticas en­tre las dos naciones, continúa siendo una política, además de arcaica, hostil, pese a que la opinión pública mundial en abrumadora mayoría se ha expresado en Naciones Unidas por el fin de tan desalmado proceder.

Cuba defiende y apoya el derecho de los pueblos a la libre determinación, reconocido internacionalmente como un derecho inalienable en el consenso alcanzado en la Con­fe­rencia Mundial de Derechos Humanos, celebrada en Viena, en 1993. En la propia De­cla­ración y Pro­grama de Acción de Viena se estableció que “la democracia se basa en la vo­luntad del pueblo, libremente expresada, pa­ra determinar su propio régimen político, económico, social y cultural, y en su plena participación en todos los as­pectos de la vida”, y se reconoció la importancia “de las particularidades na­cionales y regionales, así como de los diversos patrimonios históricos, culturales y reli­giosos”.

Es sobre la base de esos postulados que se erige el sistema político de la Mayor de las An­tillas, un modelo escogido y defendido por los propios cubanos, fundamentado en la igualdad y solidaridad entre los hombres y mujeres, en la independencia, la soberanía y la justicia social. No es importado ni copiado.

La existencia en él de un solo Partido está determinada por factores históricos y contemporáneos. Es la continuidad histórica del Par­tido Revolucionario Cubano, fundado por José Martí para unir a todo el pueblo con el objetivo de alcanzar la absoluta independencia de Cu­ba; esa organización no postula y las decisiones que adopta son de obligatorio cumplimiento únicamente para sus militantes. Solo el ejemplo, la condición de vanguardia y su compromiso con la verdad, son los atributos que lo hacen admirado y querido por el pueblo.

Y no quiere decir que un sistema como este carece de debates, las cubanas y cubanos po­lemizan y no solo de pelota. La propia dirección del Partido ha promovido esos espacios, como ocurrió previo al acuerdo de los Linea­mientos de la Política Económica y Social. En aquel mo­mento, el propio Raúl dijo que “No hay que te­mer­le a las discrepancias de criterios y esta orien­tación, que no es nueva, no debe interpretarse como circunscrita al debate so­bre los Line­a­mientos; las diferencias de opiniones, expresadas preferiblemente en lugar, tiempo y forma, o sea, en el lugar adecuado, en el mo­mento oportuno y de forma correcta, siempre serán más de­seables a la falsa unanimidad ba­sada en la simulación y el oportunismo. Es por demás un derecho del que no se debe privar a nadie”.

Cuba no está exenta de errores y tiene la mo­ral que le ha dado su proceder para analizarlos, su pueblo no vive en una urna de cristal, mas no ha cejado nunca en un proyecto so­cial por ex­celencia humanista, para los su­yos y los po­bres del mundo. Comparte lo que tiene y no lo que le sobra, respeta las diferencias y exige trato de igual a igual, pues la independencia y soberanía son derechos sa­grados en su tierra, porque son las bases de las conquistas sociales, entiéndase calidad de vida, salud, educación, deporte, asistencia so­cial, tranquilidad ciudadana y del socialismo que construye.

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