Con Almeida y Surita en el Tercer Frente

La ciudad de Santiago de Cuba y el municipio de Tercer Frente, ubicado en el corazón de la Sierra Maestra, están separados por más de cien kilómetros y recorrerlos sin mirar a través de la ventana de un autobús sería imperdonable. Al alejarse de la jungla de autos, motoristas y transeúntes, se comienza a vivir la verdadera imagen del Oriente cubano, su gente, sus costumbres.

Un hombre y su hijo pequeño cruzan en un carretón, halado por dos bueyes, el pequeño puente blanco que conecta a Palma Soriano con el municipio contiguo, Contramaestre. Justo debajo de ellos el río Cauto, el más extenso de la Isla, luce interminable entre las lomas de la Sierra.

En las proximidades del poblado de Maffo dos mujeres vigilan decenas de mazorcas de maíz dispuestas en fila al borde de la carretera. Así secan la cosecha anegada por las lluvias de la noche anterior.

Mandarinas, naranjas, anones y mameyes que parecen salidos de una pintura y que rara vez una ha visto así en La Habana, adornan los mercados del camino, mientras los campos de caña se ven saludables y erguidos, como si el huracán Irma jamás hubiera pasado por allí. Casas modestas, sillones en los portales, jardines con flores, animales apacibles. No hay lujos, salvo la Sierra Maestra, solemne y magnífica en toda la línea del horizonte.

***

En 1958 el Tercer Frente, municipio en la ladera norte de la Sierra Maestra, no era más que un montón de tierra y fango perdido en las lomas del Oriente.

Las familias, todas analfabetas y sin un hospital donde atender sus dolencias, no imaginaron que con la presencia de la Columna número 3, que por órdenes del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, y bajo el liderazgo del Comandante de la Revolución Juan Almeida Bosque, llegaría el 6 de marzo de ese año, se revertiría la situación de las comunidades serranas.

Rosario de la O Vicet (Titina) aún recuerda cuando Almeida llegó una noche a la casa donde vivía con su madre Apolinaria y otros cinco hermanos en La Lata, entonces una humilde comunidad de haitianos que se asentaron en aquellas lomas para cultivar la tierra.

“Eran las 12 de la noche cuando alguien llamó a nuestra puerta. Nos pedía que diéramos techo a un hombre que llevaba 6 días sin dormir o comer”, rememora Titina, que en aquella época tenía 26 años.

Apolinaria, conocida cariñosamente como Surita, sin preguntar la identidad del forastero le indicó a la hija que buscara unas sábanas y fundas limpias: “No se preocupe, esta noche usted sí va a dormir”. Titina, ahora con 86 años vividos siempre en este lugar, recuerda “como si fuera ayer” la llegada del joven negro y de apariencia frágil, casi desfallecido del cansancio. Esa noche Surita prefirió dormir en el suelo.

Al día siguiente, cuenta Titina, ambas descubrieron que tenían bajo su techo al Comandante Juan Almeida Bosque. La madre no se pudo contener: «¡Con las ganas que tenía de conocerlo!».

Antes de la llegada de la Columna 3, en La Lata se vivía en penumbras y con miedo.

“Cuando sentíamos alguna avioneta batistiana, salíamos corriendo al patio y colgábamos ropas en las tendederas. Pensábamos que no bombardearían si se daban cuenta de que aquí vivían familias”.

Almeida instaló en la casa de Surita su Comandancia y construyó un pequeño hospital para atender a las familias de las comunidades del Tercer Frente. “Fue uno más de nosotros”.

Titina ha vivido toda su vida en La Lata, en una pequeña casa construida justo al lado de la que fuera su casa natal.

“Nunca quise irme. Aunque Almeida partió hacia La Habana luego del triunfo de la Revolución, sabía que volvería. Y volvió, volvió muchas veces y aquí se quedó”.

El Comandante de la Revolución eligió como último descanso el Mausoleo de los héroes y mártires del III Frente Mario Muñoz, ubicado en la Loma de la Esperanza, a pocos kilómetros de La Lata. Allí lo acompaña Surita.

Tomado de Granma

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